En los años ochenta, mientras la Obra del Siglo transforma un pequeño poblado de pescadores, un joven habanero llega a cumplir su servicio social y descubre que no todas las orillas se parecen al malecón. Entre polvo, consignas, desencanto y humor, el choque entre el empleo soñado y el empleo real va marcando sus días hasta un final tan inevitable como memorable.
A principios de los ochenta, los castilleros ―nativos de un pequeño poblado de pescadores en las márgenes de la bahía de Jagua, junto a las ruinas de una fortaleza colonial española― vieron cómo su zona se convertía en el centro de atención del país. Comenzaban a llegar ―a la Obra del Siglo― personas de todas partes: profesionales, otros no tanto, especialistas extranjeros, maquinaria, recursos.
Entre ellos estaba El Habanero. Graduado en una universidad capitalina, soñaba con una oficina con aire acondicionado en Miramar y su auto esperándolo en el parqueo. Pero venía a cumplir el servicio social en la tierra del polvo por todas partes, con una tarea dura por delante. Para él, Cuba era La Habana, una carretera hasta Varadero y, todo lo demás, solo áreas verdes; y no había otro equipo de pelota que los Industriales.
Pasaba los días en la obra y las largas noches en el albergue, más largas aún cuando no transmitían béisbol. Esperaba ansioso el pase cada quincena. Criticaba todo: el papeleo, las interminables reuniones, las metas productivas atadas a fechas políticas, el perfume de los rusos. Nada lo motivaba. Ni siquiera la promesa de un viaje a la Unión Soviética, ni la doble ración de lomo ahumado.
Un día lo convocaron para un acto. Contempló, atónito, cómo, con bombos y platillos, autoridades locales y nacionales colocaban la primera piedra de lo que sería la Ciudad Nuclear. “¿Por qué no hicieron un reparto nuclear en Cienfuegos?”, se preguntaba. “¿Por qué no al otro lado del canal de la bahía?”
Para El Habanero, el canal de la bahía era como el Nilo en el Egipto antiguo: dividía dos mundos. Al este, por donde sale el sol, estaban las ciudades, la tierra de los vivos. Al oeste, por donde se oculta el sol, las tumbas, las pirámides: la tierra de los muertos. En el lado este del canal se hallaban hoteles, playas y la carretera hacia Cienfuegos; en el oeste, inhóspitos campos de henequén y la polvorienta construcción de un reactor que se erigía cual pirámide. Y eso que aún no llegaba el Período Especial.
Le gustaba burlarse de los nativos y sus costumbres. Un día me encontraba con él estudiando unos planos, cuando irrumpió en la oficina una compañera, oriunda de las montañas cienfuegueras. Nos dijo emocionada:
―¡Muchachitos, muchachitos, corran! En la cafetería del campamento me acabo de tomar el batido de chocolate más rico de toda mi vida.
Nos miramos con escepticismo, pero no había nada que perder. Corrimos. Una vez con sendos vasos de la promocionada bebida en las manos, probó el primer sorbo. La decepción se dibujó en su rostro; me miró y me dijo:
―Pobrecita la guajira… nunca ha ido a Coppelia.
La insatisfacción de El Habanero llegaba incluso a las organizaciones políticas: el balance de la UJC. Y todos saben que no hay nada más parecido a un balance de la UJC que el balance anterior. Se levantó y dijo que se aburría como una ostra, dadas las pocas opciones para la juventud. Un castillero respondió diciendo que se habían hecho muchas cosas nuevas para los jóvenes y comenzó a enumerarlas. Pero aquello no era suficiente para El Habanero. Nada podía sustituir su malecón a noventa millas, El Latino, La Rampa, Coppelia, el cine Yara, el Club Turf, ni el encanto de la posada de 11 y 24.
Por eso, aunque muchos de sus coterráneos se quedaron felices e hicieron familia, él solo perseguía un objetivo: la baja. Y eso que pedir la baja de la obra de choque era considerado algo así como una traición a la patria. Recuerdo aquel día cuando, ya con el preciado documento en la mano, salió por la puerta principal, volteó la mirada para ver lo que dejaba atrás y exclamó la frase que quedó para la historia:
―¡Me voy del carajo!
